sábado, febrero 14, 2015

Ochocientos ochenta días más tarde..

..vuelvo a escribir, a tintar los cristales de todas mis ventanas de acuarelas tibias y carbón, de las luces y las sombras que perfilan cada uno de mis días; días que han pasado huyendo del tiempo y de mí.


Días, meses y años que una vez más han demostrado que cualquier café se enfría y no siempre sabe  mejor, que la experiencia es un regalo de lo dantesco de la vida, lo que hace madurar y olvidar los diecialgo que ya casi se me escapan, esos que tan dulces y tan amargos han llegado a ser lo que soy hoy

Y es que quizá de eso se trate esta historia siempre inacabada, de llegar a ser, de querer crecer y ser más (suponiendo que por ello, mejor). Al fin y al cabo, ¿no es ésta la soga que nos ahoga y que no nos deja caer al mismo tiempo? ¿no es esta competitividad inclemente de nuestro mundo menos absurda cuando la verdadera competencia la vemos reflejada en el espejo cada mañana

Hasta la belleza de las ciencias exactas parecen definirnos el infinito de una forma tan difusa, que más nos valdría compararlo con la inmensidad de nuestras limitaciones, o también con el desconocido límite de nuestra fuerza de voluntad, de nuestras ganas de conocer la verdad, de conocer el movimiento de los engranajes de este mundo, un mundo regido por leyes a caballo entre lo racional y lo irracional, entre la idea y el papel, entre sueño y realidad. Un genio dijo una vez: 


"Cuando un hombre sueña algo¿qué es lo que más existe, él como conciencia que sueña, o su sueño?"


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